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Nevado del Tolima, Luna de Nieve

En plena época invernal Laura Luse y yo,  consideramos realizar el ascenso al Nevado del Tolima en el Parque Nacional Natural Los Nevados. Era cuestión de retornar a la dura y hermosa montaña. Y no era que estuvieramos dispuestos y espartanos a aguantar agua sino mas bien poco confiados con las informaciones de prensa que casi siempre exageran las predicciones climáticas. Con solo lo necesario partimos entonces hacia Ibague y luego por el cañon del río Combeima hacia El silencio y las termales del Rancho.  Nos sorprendio la soledad del camino (la alta temporada lleva muchos visitantes de las aguas termales) que es un verdadero placer en esta montaña.  Como lo sospechabamos no llovía a cantaros, ni nada presagiaba un clima difícil.  Ascendimos por la dura pendiente en medio del bosque niebla hasta la cueva y luego hasta el campamento de 4.200.  El camino, eso si, esta un poco desbaratado a causa de los troncos y derrumbes  que caen sobre la trocha y nos ponen a hacer malabares para cruzar el bosque. Untados de barro llegamos a nuestro primer descanso en el “calido” refugio paramuno de nuestra carpa.  El atardecer nos permite ver el majestuoso glaciar invitandonos a soñar otro día de ascenso.  Son las 4:00 a.m y ya estamos alistando todo para aprovechar el magnifico cielo estrellado y una montaña de nieve  brillando en medio las estrellas.  Primero subimos por lo que nos resta de páramo  hasta llegar a la morrena y con los primeros rayos de luz a la nieve. La pendiente se va  poniendo más difícil y el ascenso por la canaleta que lleva al glaciar es lento. Paso a paso, lentamente vamos llegando al lugar llamado “el oido” que nos recibe con sus pesados gases sulfurosos y con una gran masa de nubes que nos cierra el paso. En medio de la altura  podemos respirar un aire de aventura puro y maravilloso. Nos adentramos en el glaciar haciendo uso del instinto y tambien del conocimiento que tenemos de esta montaña. Las aristas suaves nos llevaron hasta 5.200 metros de altura.  En medio de un paisaje obstinadamente blanco sabiamos que estabamos muy cerca de la cumbre pero la visibilidad era nula.

Apenas era medio día y allí en medio del mas puro blanco decidimos esperar el cambio de clima por lo cual sacamos la carpa y nos plantamos felices en medio del glaciar. Llegaron las 6 de la tarde y nunca despejo… Esperamos la noche,  dormimos, derretimos algo de nieve para hidratarnos y el blanco absoluto ahora estaba cargado de noche.  Fue una noche de incertidumbre pero también bella y apacible. Siendo las 6:00 a.m asomamos nuestra cabeza para  saber que nos esperaba tras 18 horas de claustro. La euforia se apodera del alma: todo estaba despejado y la vista era imponente.  Habiamos acampado a tan solo unos metros del gran cráter principal y no podiamos tener mejor y temerario balcón de belleza.  Esta, nuestra aventura, estaba llena de cosas maravillosas que nos hacían sentir felices y vivos.  A esto habiamos ido a la montaña.

Tratar de abrir la puerta congelada fue tarea ardua pero amarrar los cordones congelados de las botas era imposible. Estabamos listos para revolotear por el glaciar, circundar el crater y asomarnos a la inmensidad del parque de los Nevados. Allí estaban el Ruiz, el Quindio y los arreboles del amanecer haciendo figuras fantásticas con los velos de las nubes. Un poco mas de cielo y cumbre  y la montaña  se volvió a nublar. Ante este panorama, dóciles, aceptamos esta “sugerencia” de regresar y con nuestras huellas sobre la nieve el camino consistía  ahora en desandar cuidadosamente los pasos.  Un nuevo retorno a una montaña mágica y llena de belleza en compañia de Laura en nuestra Luna de Nieve.

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